Que el transporte sea público, no implica que la música del pasaje lo sea también, justamente para eso existen los auriculares, para que uno mantenga en el anonimato los ritmos musicales que consume. Lamentablemente, algunos usuarios parecen no haber venido con la aplicación “sentido común” o “respeto por el prójimo” instalada, y comparten sus melodías con todos los demás viajeros.
La situación se agrava si el acto de compartir - y torturar – se da por la mañana, donde la mayoría de los pasajeros creen que su vida apesta y no tienen intenciones de escuchar la música del otro.
En mi experiencia del uso del transporte público, pude detectar dos tipos de musicalizadores:
- ¡CUMBIA, NENA!: Creen que su sonido grasiento y monótono es lo más, y aumentan el volumen de sus celulares al borde de saturar el parlantito. Por lo general van acompañados de alguna mujer y utilizan sus horrendos sonidos para una especie de ritual de levante inentendible. Si les funciona, bien por ellos, pero no es necesario que seamos partícipes.
- EL MELÓDICO: Ama empalagarnos con su música seudo romántica al estilo Axel, Alejandro Fernández o Jaf; los que son más rockeros nos torturan con Rata Blanca. Algunos audaces van solos, y si están parados, hasta son capaces de ponerle el parlante en la oreja al que va sentado.
Una característica común es que por lo general van acompañados por alguna persona que le festeja sus temas, y lo más llamativo es que nadie tiene el coraje suficiente para decirles en la cara que la corten con sus ritmos molestos, que a nadie le importa compartirlos con ellos.
Finalmente, sostengo que así como muchos nos exponemos a test psicotécnicos para ingresar a un trabajo, también serían necesarios para vender celulares con parlantes a personas que los utilizan como si fuesen mono con navaja.