Es de público conocimiento que viajar en los colectivos de la Ciudad de Bs. As. y el Conurbano es un castigo divino, pero hay cosas que hacen que el tormento sea llevadero. Hasta que aparece el equeco

Cuando lo ves, generalmente representado por mujeres a las que una cartera y una bolsita no le bastan, sabés que ya nada será lo mismo. Que esa personita que apenas puede cargar con todo su equipaje, nos castigará a su paso con todos los petates que porta.

Depende donde se suba puede cambiar su armamento: por ejemplo, si lo hace por el Once, seguramente llevará bolsas tipo de consorcio llenas de vaya a saber uno qué mercadería que probablemente ocupen el espacio de un niño de unos 5 años. Si aparece por las mañanas, será una mujer que va a la oficina y tiene muchas actividades en el día, por lo cual lleva una cartera, una mochila para el gimnasio, una bolsa con la vianda para el almuerzo y una carpeta en la otra mano. Y si el transporte va para Retiro, nos hostigará con sus bolsos y valijas.

Lo irónico es que con esa artillería pretenden viajar en un colectivo o subte en horario pico y tener espacio para él/ella y sus mil ramificaciones. Por eso no dudan en abrirse paso a los empujones hasta el final del pasillo usurpando lugares que no le corresponden, y cuando uno pretenda frenarlos harán oídos sordos a las palabras y nos contestarán con las peores blasfemias.

No hay forma de contenerlos ni de erradicarlos, por eso siempre habrá un equeco en nuestro transporte público, que a los empujones hará de nuestro viaje una pesadilla.

Que el transporte sea público, no implica que la música del pasaje lo sea también, justamente para eso existen los auriculares, para que uno mantenga en el anonimato los ritmos musicales que consume. Lamentablemente, algunos usuarios parecen no haber venido con la aplicación “sentido común” o “respeto por el prójimo” instalada, y comparten sus melodías con todos los demás viajeros.

La situación se agrava si el acto de compartir - y torturar – se da por la mañana, donde la mayoría de los pasajeros creen que su vida apesta y no tienen intenciones de escuchar la música del otro.

En mi experiencia del uso del transporte público, pude detectar dos tipos de musicalizadores:

  • ¡CUMBIA, NENA!: Creen que su sonido grasiento y monótono es lo más, y aumentan el volumen de sus celulares al borde de saturar el parlantito. Por lo general van acompañados de alguna mujer y utilizan sus horrendos sonidos para una especie de ritual de levante inentendible. Si les funciona, bien por ellos, pero no es necesario que seamos partícipes.
  • EL MELÓDICO: Ama empalagarnos con su música seudo romántica al estilo Axel, Alejandro Fernández o Jaf; los que son más rockeros nos torturan con Rata Blanca. Algunos audaces van solos, y si están parados, hasta son capaces de ponerle el parlante en la oreja al que va sentado. 

Una característica común es que por lo general van acompañados por alguna persona que le festeja sus temas, y lo más llamativo es que nadie tiene el coraje suficiente para decirles en la cara que la corten con sus ritmos molestos, que a nadie le importa compartirlos con ellos.

Finalmente, sostengo que así como muchos nos exponemos a test psicotécnicos para ingresar a un trabajo, también serían necesarios para vender celulares con parlantes a personas que los utilizan como si fuesen mono con navaja.

Convengamos en algo: Levantarse por las mañanas es un castigo divino, viajar al trabajo en colectivo en Capital Federal (o Ciudad Autónoma de Bs. As.) una maldición gitana, pero aún así uno trata de poner su mejor voluntad y saludar al colectivero con un “Buen día”. Lamentablemente, el muy ruin no es capaz de contestar y te increpa para que le indiques el valor del boleto, eso sí, después andan quejándose por ahí de que los pasajeros no los saludan.

Que se vayan a freír rábanos, les niego el saludo de aquí a la eternidad,  yo también tengo malos días, pero se responder la cortesía de un saludo.

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